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Autor Gerardo Bongiovanni,   11/11/2009
A 20 Años de la Caída del Muro

Hace unas horas han terminado los festejos por el vigésimo Aniversario de la Caída del Muro de Berlín y líderes de todo el mundo (Gorbachov, H.Clinton, Sarkozy, Gordon Brown, Angela Merkel) junto a celebridades musicales (Daniel Barenboim, Paul van Dick, Bon Jovi) han compartido con decenas de miles de alemanes y de visitantes del orbe, esta majestuosa celebración por la libertad.


Imagen del artículo publicado en RELIAL.org

A 20 Años de la Caída del Muro

por Gerardo Bongiovanni (Berlín, 09/11/09)


Hace unas horas han terminado los festejos por el vigésimo Aniversario de la Caída del Muro de Berlín.  


Líderes de todo el mundo (Gorbachov, H.Clinton, Sarkozy, Gordon Brown, Angela Merkel) junto a celebridades musicales (Daniel Barenboim, Paul van Dick, Bon Jovi) han compartido con decenas de miles de alemanes y de visitantes del orbe, esta majestuosa celebración por la libertad. Celebración que llegó a su cumbre cuando el ex presidente polaco Lech Walesa, empujó el gigante dominó que asemejaba al Muro, provocando el derrumbe de las 2000 piezas, que artísticamente decoradas, lo componían.


La generosa relación con algunas organizaciones amigas me ha permitido participar de esta histórica jornada. Más allá de algunas recepciones y actividades protocolares, he podido también mezclarme con la gente, visitar lugares emblemáticos, familiarizarme con la historia de esta ciudad, de su funesto Muro y, sobre todo, conocer a algunos de esos héroes anónimos que ayudaron a derribarlo.


Porque una primera cosa que llama la atención en aquella “revolución pacífica”, como aquí se la llama, es que no tuvo caudillos ni personajes providenciales. Fueron cientos, miles de hombres y mujeres que salieron a la calle a pedir libertad. Desde luego, hay personas que tuvieron mayor influencia y liderazgo en el proceso (sacerdotes, artistas, lideres estudiantiles)  pero fue toda la ciudadanía la que se encolumnó detrás de un sueño; uno de los sueños más antiguas y contundentes de la humanidad, el de la libertad.

 
Berlín y su historia.
 


Cuesta pensar en otras ciudades que hayan tenido, al menos en las últimas décadas, una historia tan densa, tan cargada de episodios trascendentes, como la capital de Alemania.
 


Basta pensar en los 12 años de apogeo nazi (1933-45) que la tuvieron como epicentro. En el incendio del Reichstag, en la Noche de los cuchillos largos o en la macabra reunión de líderes hitlerianos en las afueras de esta ciudad, donde se decidió el destino de millones de seres humanos a través de la tristemente célebre “solución final”. O recordar también el final de la guerra, cuando los tanques rusos aniquilaban los restos del III Reich y un enloquecido Hitler, antes de suicidarse en su bunker, daba instrucciones para mover divisiones y ejércitos ya inexistentes. Por cierto, como una paradoja del destino, la placa que señala el lugar en que se hallaba dicho bunker, donde el dictador y miembros de su círculo se quitaron la vida, se encuentra a escasos 200 metros del Monumento al Holocausto.
 


La ciudad, dividida en cuatro sectores en la postguerra, que luego se transformaron en dos, debió ser socorrida por los aliados en 1948/9 con un arriesgado puente aéreo, para superar el bloque que los soviéticos habían impuesto a la parte oeste, en represalia a un plan económico demasiado liberal.
 


Y luego, el Muro.
 


Dos millones y medio de fugados de Alemania Oriental, llevaron a los jerarcas comunistas de la RDA y de la Unión Soviética a la conclusión que debían cerrar el país. Y así, como es conocido, se construye el gran Muro en 1961. Ciento cincuenta km de vallas, cemento, puestos de guardia y soldados armados que bordeaban las fronteras. Todos estos obstáculos no impidieron sin embargo, que miles de alemanes siguieran intentando abrirse paso a la libertad. Muchos lo lograron, muchos no. Y alrededor de 200 fueron  asesinados en el intento.
 


En el medio, quedaron historias de pasión y heroísmo: mujeres y hombres que se dedicaron durante años a sacar compatriotas de Berlín poniendo en riego su propia vida y libertad. ¡Y es sorprendente el ingenio y precariedad de medios con el que lo hacían! Historias de amores truncados, de familias desunidas, de cárcel y opresión. Todo en nombre del “hombre nuevo” y del paraíso socialista.


En esa época reinaba la STASI , imponente fuerza de seguridad  y espionaje, a través de la cual su todopoderoso jefe, Erich Mielke –el Sr. Del Miedo– controlaba y espiaba, con 91.000 agentes a su cargo, a más de 6 millones de alemanes orientales. La película “ La Vida de los Otros” (cuyo actor principal, Ulrich Muhe, es espiado por su propia esposa, informante de la  la organización) resulta una mínima muestra de aquella realidad, que puede reproducirse recorriendo el Museo de la STASI , ubicado en un edifico del cuartel general del temido Ministerio de Seguridad. Instrumentos de tortura, tétricas salas de interrogatorio, teléfonos rojos, paños para sentir el olor de los presos y otras variantes estrafalarias para vigilar, controlar y reprimir a los ciudadanos, explican en buena medida las causas de la revuelta de 89` y de la caída de este r&eac ute;gimen oprobioso.
 


El Otoño del 89`
 


Es imposible subestimar el rol que jugaron en el proceso previo a la caída del Muro, las iglesias y ciertas organizaciones intelectuales. Tuve la ocasión de visitar Getsemaní, la iglesia del barrio Prenzlauer, donde se realizaban las primeras reuniones de ciudadanos que clamaban por libertad, con el apoyo de los clérigos. Al igual que San Nicolás, la iglesia católica de Leipzig, donde se congregaban multitudes, luego lanzadas a las calles, muchas otras parroquias protestantes y católicas tuvieron un papel central para que tantos ciudadanos dispersos se unieran, y marcharan juntos.
 


Pero, como suele pasar, la chispa vino de fuera. Los berlineses mayoritariamente coinciden en el valor de personalidades como el papa Juan Pablo II, el líder sindical Lech Walessa, el Presidente Reagan y, en especial, Gorbachov.
 


Ovacionado anoche en la celebración, Gorbachov, con la esperanza de la perestroika fue determinante para que el sueño de tantos alemanes comenzara a convertirse en realidad. Justamente, la visita de Gorbachov el 7 de Octubre de 1989, fue definitiva. Ese día, 40º aniversario de la instauración de la República “Democrática” Alemana, mientras los soldados  desfilaban y un entusiasta Daniel ortega (sí, el mismo que hoy preside y empobrece a Nicaragua) brindaba por la salud del comunismo; miles de manifestantes se lanzaron a las calles y a las cercanías del desfile, pidiendo al grito de “Gorbi, Gorbi”, reformas democratizadoras del tipo de las que se anunciaban en Moscú.
 


El resto de la historia es conocida; las manifestaciones se suceden, especialmente el Leipzig y en la plaza Alexanderplatz, el gobierno comunista se desmorona, un golpe palaciego derroca al viejo dictador Honecker y lo reemplaza por el joven aparatchik Egon Krenz, cuya designación acrecienta el descontento.
 


Finalmente, el 9 de noviembre el titubeante Gunter Schalowoski, jerarca del partido único, anuncia que se levantarán las restricciones para viajar al oeste.  “¿A partir de cuando?” le pregunta un desconfiado periodista; “creo que desde este momento”, contesta el atribulado funcionario. Las masas se vuelcan a los puntos fronterizos y los guardias, sin saber bien que hacer, abren los pasos. Alemanes del este y del oeste se abrazan. El Muro había caído. Para siempre.


 
“Berlín hace sentir orgullosos a los demócratas” 


Eso dijo hace un rato el Primer Ministro Británico Gordon Brown, en relación a los episodios de 1989. Y uno no puede más que estar de acuerdo. No sólo orgulloso, también optimista.
 


Así me sentí estos días inolvidables de festejos por la libertad (como reza el lema oficial, Fest der Frieiheit), mientras recorría el lúgubre museo de la STASI , o me perdía en el barrio de Prenzlauer, en esas calles e iglesias donde empezó todo.


Mientras miraba asombrado en el Museo del Muro del Charlie Check Point (el más célebre punto fronterizo) los originales métodos que los berlineses creaban para cruzar o intentar hacerlo (autos con baúles especiales, globos voladores, pequeños submarinos, paracaídas caseros, valijas especiales) o cuando curioseaba en el Museo de la DDV sobre como era la mediocre y chata vida en Berlín oriental.
 


Mientras visitaba el último pedazo del Muro en East Side Gallery, o me maravillaba con la imponente Postdamer Platz, antes tierra del muro y hoy centro de la modernidad berlinesa.


Mientras conocía historias felices como la del Tunnel 57 (por el que escaparon 57 berlineses al oeste) y otras tristes como las de tantos caídos por las balas militares ante ese Muro infame.
 


Mientras charlaba con personas de mi edad, humildes héroes de aquella epopeya, me decía y me digo a mismo que si hombres y mujeres víctimas de tan oscura dictadura, fueron y son capaces, de luchar por la libertad y de dejar atrás algo tan oprobioso, la vida vale la pena. Seguro que sí.




Sobre el autor:
Gerardo Bongiovanni

Imagen del autor Presidente de la Fundación Libertad y de la Red Libertad (Argentina). Miembro del patronato de la Fundación Internacional de la Libertad.

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